Jerusalem

A veces, en el silencio del pasillo, algo salta,

rompe alguien algún viejo nombre.

La mosca enloquecida cruza zumbando, ardiendo,

lejos de la teleraña luminosa.

Esto es así, tan solo: pero tan llano de sopresas.

Caserón de fantasmas sin hijos, en que el polvo

hace nuevas venatanas, nuevos meubles y danzas.

No, tu no ló conoces, tú no me has visto mucho las pupilas

y por eso to llenas de lagrimas.  Escúchame:

mi casa no se fuga; está lejos, siempre.

Por estas escaleras se sube hasta lo negro.

Uno se cansa de subirlas y jadeando se duerme

sin saber ni los días, ni la fiebre, ni el ruido inmenso

de la cuidad que hierve al fondo.

A veces, en el silencio del pasillo, alguien nace de pronto,

alguien que toca en la puerta sin número y que llama.

No, tu no has estado aquí jamás. No, to no vengas.

Mi palabras es abrir, pero es que casi siempre

ando do viaje.

 

 

 

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